Los microchips cerebrales ya permiten controlar computadoras solo con pensamientos. En el artículo descubrirás cómo funcionan, qué han aportado a los primeros usuarios y qué promesas les asocian los científicos y Elon Musk. Junto a las esperanzas surgen preguntas sobre seguridad, ética y a dónde podría llevarnos esta tecnología.

Los chips en la cabeza sonaban hasta hace poco como una idea de novelas de ciencia ficción. Sin embargo, hoy ya son una realidad. Los primeros usuarios con microchips cerebrales pueden controlar el cursor o jugar ajedrez solo con pensamientos. Las personas con parálisis pueden nuevamente participar en actividades que antes les eran imposibles, desde navegar por internet hasta transmitir o modelar en 3D. Al mismo tiempo, se expande el uso de microchips bajo la piel, que permiten a las personas abrir puertas o pagar por compras sin tarjeta ni móvil.
Detrás de las tecnologías están Neuralink de Elon Musk, pero también otras empresas que compiten para avanzar un paso más en la conexión entre humanos y computadoras. Mientras unos hablan de la oportunidad de devolver la vista a los ciegos o permitir que los paralíticos vuelvan a caminar, otros advierten sobre las cuestiones éticas y los riesgos de seguridad. ¿Es el comienzo de una nueva era o solo otro callejón sin salida tecnológico? En el artículo veremos cómo funcionan los microchips, qué han cambiado en las vidas de las primeras personas y hacia dónde podrían avanzar en los próximos años.
Los microchips cerebrales se basan en un principio aparentemente simple pero técnicamente más complejo. Los electrodos implantados en el cerebro captan la actividad nerviosa en áreas asociadas con el movimiento. Cuando el usuario imagina el movimiento de un dedo o mano, se genera en el cerebro un patrón característico de señales eléctricas. El chip registra este patrón, lo convierte en digital y lo envía de forma inalámbrica a la computadora.
La computadora luego interpreta la señal de manera similar a como lo haría si viniera de un teclado o ratón: por ejemplo, mueve el cursor, escribe una letra o realiza un clic. Hasta ahora no es cien por ciento preciso y requiere entrenamiento, pero incluso así esta tecnología permite a las personas con parálisis trabajar con computadoras solo con pensamientos.
El dispositivo en sí no solo se compone de electrodos, sino también de un chip miniatura, una batería y un transmisor. Una parte inseparable es el software, que se adapta a los patrones individuales de actividad cerebral y mejora gradualmente la precisión del control.
Es importante diferenciar estos implantes de los chips bajo la piel, que funcionan de manera completamente diferente. Los chips subcutáneos RFID o NFC no trabajan con actividad cerebral, sino que se utilizan para tareas sencillas como desbloquear puertas o pagos sin contacto. Son más baratos y están ampliamente disponibles, pero no se pueden comparar con las posibilidades de los implantes cerebrales.
El primer ser humano con un implante de Neuralink fue Nolad Arbaugh, quien ha sido cuadrapléjico desde 2016 tras un accidente de buceo. Antes del procedimiento, solo podía controlar una tableta utilizando una varilla especial en la boca, lo cual era tedioso y agotador. Después de la implantación del chip, pudo mover el cursor en la pantalla con el cerebro, jugar ajedrez o navegar por internet. "Puedo volver a estudiar y quiero regresar a la escuela," describió Arbaugh sus experiencias.
Sin embargo, con el tiempo surgieron complicaciones: parte de las delicadas fibras que conectan el chip con el tejido cerebral empezaron a desconectarse. No obstante, Arbaugh continúa utilizando el implante y logra controlar la computadora sin asistencia de otros.
En 2024 y 2025, se añadieron otros dos pacientes, conocidos como Alex y Brad. Alex, paralizado del cuello hacia abajo, regresó al trabajo en programas gráficos y modelado 3D con el implante. Brad, que padece ALS en estado avanzado, obtuvo gracias al chip la capacidad de comunicarse nuevamente incluso fuera de casa.
Según Neuralink, los primeros tres participantes utilizan sus implantes un promedio de más de seis horas al día y reportan una mejora significativa en la calidad de vida. Hasta ahora son pioneros en un estudio experimental, pero sus experiencias muestran cuán radicalmente puede cambiar la tecnología la vida cotidiana de personas con graves limitaciones de movimiento.
Neuralink y otros equipos de investigación ven un enorme potencial en los implantes cerebrales. Para el futuro, se espera que la tecnología permita devolver la vista a los ciegos, ayudar a los paralíticos a caminar nuevamente o controlar prótesis robóticas. Musk también habla de la posibilidad de tratar trastornos mentales, como la depresión, esquizofrenia o autismo, y su uso en la obesidad o epilepsia.
Parte de las visiones también incluye la conexión del cerebro humano con la inteligencia artificial y la capacidad de transferir pensamientos directamente entre personas. Musk imagina que procedimientos similares podrían realizarse en clínicas comunes en el futuro y que los implantes serían utilizados no solo por personas con discapacidades graves, sino también por usuarios sanos.

Aunque las primeras implantaciones exitosas mostraron un enorme potencial, quedan muchas incógnitas por delante. La ciencia está apenas comenzando y hoy nadie puede decir con certeza cuáles serán los efectos a largo plazo de esta tecnología. Mientras los pacientes pueden obtener nuevas posibilidades de movimiento o comunicación, los médicos también señalan que la duración del propio dispositivo y la reacción del cerebro a materiales extraños son una gran incógnita. Los electrodos y las delicadas fibras pueden degradarse o moverse con el tiempo, lo que podría llevar a la necesidad de procedimientos repetidos y los riesgos asociados con ellos.
Aún más importantes son las preguntas sobre la protección de datos. Las señales nerviosas que el chip capta son extremadamente sensibles. Pueden indicar cómo reacciona una persona, qué planea hacer o cómo se siente. Precisamente por eso se empieza a hablar de la necesidad de nuevos "neuroderechos," que protegerían la privacidad mental de manera similar a como hoy en día GDPR protege nuestros datos digitales. Pero cómo será esta protección en la práctica, quién podrá acceder a los datos cerebrales y si logrará mantenerse segura, son preguntas a las que aún no tenemos una respuesta clara.
Los impactos psicológicos también entran en juego. Algunos pacientes describen el implante como parte de su propia identidad, casi como un nuevo órgano. Si lo perdieran, podría afectar significativamente su autopercepción y estabilidad mental. Del mismo modo, no está claro cómo cambiará nuestra relación con nosotros mismos si parte de nuestras capacidades es mediada por la tecnología.
Y finalmente, está la dimensión ética y social más amplia. Mientras que el uso en personas con discapacidades genera más apoyo, la cuestión del despliegue en personas sanas es mucho más controvertida. Si solo los más ricos pudieran permitirse los chips, podría llevar a una nueva forma de desigualdad: una división de la sociedad entre quienes tienen acceso a capacidades "mejoradas" y quienes no. ¿Qué efecto tendrá eso sobre el equilibrio de la sociedad y nuestra comprensión de la humanidad? Es aún una cuestión abierta.
Cuando Elon Musk fundó Neuralink, atrajo una atención sin precedentes a los chips cerebrales. Su proyecto se convirtió en un símbolo de valentía y controversia, desde las primeras pruebas en animales hasta la implantación en el cerebro del primer ser humano. Pero Musk no es el único que desempeña un papel importante en este ámbito. Empresas como Synchron, Blackrock Neurotech o Precision Neuroscience están trabajando en sus propias soluciones y a menudo eligen un enfoque menos invasivo que pretende ser más seguro y accesible. Equipos científicos de todo el mundo investigan cómo mejorar la comunicación entre el cerebro y la máquina, cómo prolongar la vida útil de los implantes y cómo garantizar que la tecnología sirva a las personas y no al revés.
La idea de que los chips cerebrales se conviertan en algo tan común como los teléfonos inteligentes de hoy aún está lejos. Cada nuevo paso es más bien un experimento cauteloso que algo dado por sentado. Sin embargo, ya hoy vemos que se abre una nueva era en la que la biología y la tecnología se entrelazan de una manera que nadie podría haber imaginado hace tan solo unos años.
Lo que estamos presenciando ahora no son historias terminadas, sino las primeras líneas de una introducción. Apenas estamos comenzando a escribir el primer capítulo y el contenido lo revelará solo el futuro.

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